Frustración viviendo en el campo: quién tiene la culpa realmente

Te hablo de tres cosas que suelen fastidiar una vida en el campo.

No porque el campo esté mal. Ni porque irse a vivir al campo sea un error. Ni porque vivir en el campo sea, por definición, un sacrificio.

Sino porque hay decisiones mal tomadas —o no revisadas a tiempo— que convierten lo que podía ser una buena vida en una carga constante.

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Cada vez más personas se van a vivir al campo buscando una vida mejor.
Más tranquila.
Más sencilla.
Más coherente.

Y muchas lo consiguen.

Pero otras, pasado el primer o segundo año, se encuentran con una sensación incómoda que no esperaban:

“¿Qué hemos hecho?”

No porque el campo sea un error.
No porque vivir en el campo sea, en sí, un sacrificio.

Sino porque algunas decisiones mal tomadas convierten lo que podía ser una buena vida en una carga constante.

En este artículo quiero hablarte de tres cosas muy concretas que he visto repetirse una y otra vez en personas que se fueron al campo con ilusión y acabaron viviendo algo muy distinto a lo que esperaban.

No para asustarte.
Sino para ayudarte a mirar de frente.

La casa y el lugar: cuando el error se pone en los cimientos

La primera cosa que suele fastidiar una vida en el campo es una mala elección de la casa y del lugar.

No hablo de gustos sino de realidad.

Casas muy baratas.
Auténticas gangas.
Pero en muy mal estado.

Reformas mucho más grandes de lo previsto.
Problemas burocráticos que no se habían contemplado (especialmente en España).
Presupuestos que se disparan.
Plazos que no se cumplen.
Y una falta real de mano de obra para ejecutar las obras.

En muchos pueblos no hay profesionales disponibles.
Y cuando los hay, están saturados.

A esto se suma el lugar en sí:

Falta de servicios.
Climas duros.
Accesos complicados en invierno.
Dependencia total del coche.
Aislamiento no previsto.

Una mala elección aquí no se arregla con ilusión.
Te acompaña cada día.

El dinero: cuando los números no cuadran

La segunda cosa que rompe muchas vidas en el campo es no haber hecho un cálculo económico realista.

Ingresos sobreestimados.
Gastos subestimados.
Costes que no se tuvieron en cuenta.

Reformas más caras.
Calefacción más cara.
Vehículos imprescindibles.
Desplazamientos constantes.

Y, al mismo tiempo, ingresos que tardan más en llegar de lo esperado.

Trabajos que no aparecen.
Negocios que no funcionan como se había imaginado.
Actividades que generan menos de lo previsto.

El problema no es ganar poco al principio.
El problema es no saber cuánto tiempo puedes sostener esa situación.

El campo no es un buen lugar para improvisar con los números.

El estilo de vida: cuando el día a día te encierra

La tercera cosa que suele fastidiar una vida en el campo es algo que casi nunca se mira antes de mudarse:

El estilo de vida real.
No el imaginado.
El real.

Cuando la vida tranquila se convierte en:

Desplazamientos constantes en coche.
Incomodidades domésticas.
Falta de servicios básicos.
Poca vida social si no encajas o no la construyes.
Rutinas que no se parecen a lo que querías vivir.

Hay personas que lo llevan bien.
Que se dan cuenta de que eso era justo lo que querían.

Y hay personas que no.

Y no pasa nada por reconocerlo.

No se trata de culparse ni de señalar a nadie.
Se trata de parar, mirar la situación y preguntarte si ese lugar y ese ritmo siguen encajando contigo y con la vida que quieres llevar.

Cambiar de lugar no garantiza una vida mejor si no se revisa cómo quieres vivirla.

Dónde suele estar el fallo

Después de ver todo esto, quiero decirte algo claro:

El problema no suele ser el campo.

En la mayoría de los casos, el fallo está en:

– falta de investigación
– falta de planificación
– poca capacidad de adaptación
– mala gestión del cambio

No es un error puntual.
Es un proceso mal acompañado.

Y cuando no se mira a tiempo, la sensación no es:

“Esto no es para mí”.

Es:

“Me estoy quedando atrapado”.

Esa diferencia es importante.
Porque cuando te das cuenta ahí, todavía hay margen para ajustar, cambiar cosas, replantear decisiones o pedir ayuda.

Esperar demasiado es lo que hace que una situación difícil se viva como un encierro.

Mirar de frente, no huir

No pretendo asustarte ni desanimarte.
Nunca.

Siempre animo a quien tiene el deseo de irse al campo a que lo pruebe.

Pero probar no es lanzarse a ciegas.

Hay que mirar las cosas de frente.

Porque vivir en el campo puede ser una gran decisión.
Pero no lo es si te metes sin números,
sin observar,
y sin preguntarte cómo quieres vivir de verdad
y cómo vas a sostener esa vida en el tiempo.

Si te preocupa cómo generar ingresos viviendo en el campo
y quieres hacerlo sin quemarte por el camino,
en mi newsletter voy a compartir algo muy concreto sobre este tema.

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